Enternecida, casi triste, elevó los ojos al cielo y quiso ver, de alguna forma u otra, entre aquellas nubes poco espesas y aburridas, alguna que le recordase y trasladase a una de esas tardes veraniegas en casa de su abuela.  Aquellas en la  casa de tonos pajizos y detalles y rebordes bermellones, que tantos buenos recuerdos le evocaban. Cuando era una colegiala de inocentes pensamientos, predisposiciones  dóciles,  y poseedora de aquel tesoro que tanto echaba de menos, aquella sensación interior que experimentaba al entender que aún estaba desarrollándose, que aún podía ser –dentro de su noble realidad- quién quisiese ser, que su alma aún dependía de providencias, resoluciones y casualidades. Que se encontraba en potencia de ser, en cierto modo todas las cosas.

Inmersa pero a la vez espectadora de sus propios pensamientos, cual arrebato inesperado, se animó, al comprobar, que aún quedaba, y quedará para siempre, un  vestigio del espíritu de aquella niña en su –porqué no(pensó)-, incompleta alma. Tan alegre cómo nunca lo había estado, recolocó su anudado foulard de lana color beige, y con un leve movimiento, envolvió una solapa encima de la otra de su recién estrenado chaleco de piel de zorro, y  cómo si  nada hubiese pasado, repuso su marcha hacía la biblioteca.

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Es en una habitación algo oscura pero cálida. Al fondo, un gran ventanal -poco diáfano y pródigo en marcas de dedos, del que sobresalen, por los laterales, unas acogedoras hiedras que ya han mudado su pigmentación a un romántico y pasional color rojo-preside la pared principal. De él, cuelga  una persiana veneciana, algo roída y sucia, que deja ver el color albino que en su día habría orgullosamente mostrado,  y hace pasar  unos rayos de sol tan espesos, que uno los podría masticar y degustar. Saben a brillos de invierno prematuro y desprenden un aroma a hierba fresca y a hojas satinadas de color tabaco.  En su conjunto y con sus altas y majestuosas paredes ocrosas y desnudas le proporcionan al avispado visitante un cierto placer hogareño. Los muebles, como aquellas ideas que habitan en uno después de tantas revisiones y adiciones; de épocas distintas, una mezcolanza de  estilos y tantos colores como los que moran en la paleta de un pintor impresionista; una cajonera  de madera de castaño blanco roto, una estantería metalizada atestada de muñecos y libros, un sillón mal conservado y algo carcomido, un cubo de cartón naranja hasta los bordes de lapiceros y rotuladores, y un escritorio de plástico pintado con un acrílico imitando al nogal donde reposan multitud de papeles pintados, una pelota de tenis, dos caramelos y una lámpara roja. Los mismos espesos rayos perpendiculares que lustran el mimado suelo, son portadores de un bullicio lejano de gritos pueriles. Son de niños brutos y sucios que revolotean, más que corren, detrás de un balón de cuero medio hinchado. Entre el tenue alboroto destacan palabras mal sonantes, gritos de guerra y gemidos y risas teatrales.

Es la habitación de un niño poco corriente.  De un reflexivo, hipersensible y algo absorto rapazuelo que observa de manera extraña, desde la profundidad de su propio mundo, la realidad que le rodea. Él, más que  ningún otro chico del acomodado barrio, de manera natural, sabia e irreflexiva, se arrima a sus problemas al contrario cómo lo hacen sus padres; con arrogancia, indiferencia y resistencia. Se encuentra debajo de su cama. Adueñado de una antigua linterna de su padre que libera una luz asimétrica y amarillenta. Recogido en un clima de fantasía y esperanza, una atmósfera de magia se apodera de aquel escondrijo de límites tejidos.  Una vez más, su imaginación e ilusiones sincrónicamente se volatilizan hasta alcanzar, en algún momento, de aquel cotidiano rito, la esencia misma de la belleza; el suave reflejo del bien; el designio y vocación por lo que él había estado creado se materializan como un mandato, que días como este, va renovando y que poco a poco, sin saberlo, va cogiendo forma,  a través de la vida misma.

De cristal


Ese jueves  iba a ser diferente a los vividos durante los últimos dos meses estivales. Era un ritual tácito lo de encontrarnos para almorzar en aquel parque del centro de la ciudad. Me la encontré, de espaldas, con la vista en dirección a la entrada del pequeño recinto por donde normalmente yo, accedía. A lo lejos, la reconocí por aquella misteriosa melena rubia, de múltiples monocromáticos dorados, que adoptaban diferentes tonalidades según la inferencia de los bruñidos de los centelleantes rayos de aquel sol de verano tardío. Como de costumbre, hiciese o no sol, escondía sus grandes y resultones ojos de color avellana tostada, tras unas amplias gafas de cristales oscuros, que rápidamente quitaba una vez me veía, deslizando, de manera poco espontánea y estudiada, una de las patillas color concha por sus sonrojadas y finas facciones, dejándola en buen recaudo entre su fino labio superior y su prominente y sensual homónimo inferior.  A medida que me acercaba y aunque estaba a unos cuantos metros, me sobrecogí, como hiciera la primera vez, al ver aquellas  alargadas y desnudas piernas, tan diligentemente bien bronceadas y cuidadas. Pero me sobrecogió  más aun  al comprobar cómo, en que postura y actitud descansaba toda su estilizada figura en sus quilométricas piernas. Tenía sus extremidades entrecruzadas una delante de la otra como lo hacían también, sus delgados y marmóreos brazos. Estaba desprovista de cualquier distracción, a excepción de un portafolios con el que infantilmente sujetaba y jugueteaba y el revuelo de dos niños que intentaban dar presa a una infeliz y coja paloma. Me pareció que  encontraba así, en su más profunda soledad y espera. Dejándose mostrar, sin proponérselo, como realmente era. Me alegré infinitamente corroborar con su espontánea y natural pose lo que había estado intuyendo desde que la conocí; que detrás de aquellas poses superficiales y actitudes tan sospechosamente frívolas, que detrás de aquella máscara de extremadamente e inhumana seguridad y que detrás de aquél atolondramiento vital del que a veces era despojada, se escondía una mujer tan frágil como el material del que parecía estaba hecho. Una borrachera de paz y de orgullo me sobrevino al mismo tiempo, al cerciorarme de que aquella bajada de guardia por su parte, asumía que aquellos pequeños atisbos y destellos de su verdadera personalidad con los que me sentía tan enormemente atraído, no habían hecho, sino, hacerse evidentes. Aquella visión de ella como una criatura indefensa y cercana, como una niña descuidada y herida, como cualquier otra chiquilla, me hizo comprender eso, que era una joven tan humana y tan diferente a la que había divinizado en un primer momento, que no hice sino, admirarla y tratarla con más intensidad  y naturalidad como nunca me había pasado. Ese jueves no iba a ser diferente a los vividos durantes los dos últimos meses estivales.

Malum

¿Cuándo entraste? ¿En que momento de mi vida? ¿En que recoveco te escondiste para no notar tu presencia? ¿De dónde procedes? ¿Quién te ha dejado entrar? ¿Y por qué? ¿Acaso eres causa por lo que fui creado? ¿Para hacerme partícipe dela Creación? Sin ti, ¿Nos alegraríamos con la vida? ¿Seríamos libres si no hubiésemos experimentado su ausencia, tu victoria? ¿Podría conocer a Enemigo, sino hubiese penetrado en ti? Pero, aún así, ¿No te estarías mofando de nosotros, mostrándonos lo que deberíamos haber sido? ¿Qué pretendes entonces? ¿Qué sientes al no ser?  ¿Qué sientes al sólo actuar hasta donde Él quiere?


Una mirada

Si te dejé, no me lo recuerdes. Vuelve a hacerte presente, déjate reconocer y muéstrame de dónde y para qué brota ese anhelo hacia lo eterno. No puede ser humano. Sólo en él encontraré la felicidad. Mi presente es trágico, apenas conozco pequeños destellos embusteros de plenitud que se desvanecen con unas primeras sombras. Líbrame del yugo de mis sentidos. Arranca de mí, lo extraño y lo que odio, pero que acabo haciendo. Deshoja todo lo que no sea de mi ser y desvélame lo que creaste para mí. Si aún existo es por que no te has olvidado de mí.  Mi futuro es promesa. Una mirada con tus ojos y mi vida volverá a ser tuya.

De velas rojas

Después de comprimir con fuerza mis párpados, los abrí lentamente a sazón de comprobar si algo había cambiado en mí alrededor. Pasaron tres segundos, me parecieron eternos. Ojeé los rostros desencajados de aquellos seres que en aquel momento me parecieron tan monstruosos como irreconocibles. Me pareció hallarme en mi propio entierro, una estampa onírica de personajes dantescos y alargados recién llegados del de conde Orgaz. Cogí aire y antes de expulsarlo enérgicamente para apagar aquellas reutilizadas velas en forma de números, volví a cerrar los ojos, levanté algo la barbilla, agarré los brazos de la silla y deseé;

“Que lo que ya es, no me fatigue. Por un instante, imaginación descontrolada, no me engañes con lo extraño y lo nuevo.  Déjame disfrutar aunque sólo sea una vez del presente. Dame la paz y el desasosiego que tanto he anhelado, no me desveles nada de lo próximo ni me embriagues con tu seductora promesa que será lo fantaseado, más vibrante, emocionante e interesante que lo actual. Anclémonos a ver todo lo que tu creaste y sintamos hoy, que somos poetas y escribimos poemas, que somos amantes y amamos a alguien…que somos seres vivos y vivimos”.

Me arropaste, como a un recién nacido, y con tus finas y agradables auras me sorprendiste. Sin dejar de mecer al sol entre tus brazos, no dejaste de entonar el mejor de tu mutismo. Dejaste que el fulgor de la noche hechizará  a las chispeantes estrellas, que únicas testigos fueron de mi dulce queja altiva, por tanto dolor que soporté al hacerte presente en mí. Me desnudaste y desprovisto de mí, me azotaste, con diligentes y eficientes rayos, para apaciguar a mi febril alma mientras me torturabas con tan majestuosa creación. Escondiéndome de todo, te mostrabas y me aferraba a ti. Paciencia,  me musitaste, ante tales tribulaciones que en mis profundidades habitaban. Te ocultabas y me encomendaba a ti. Me hiciste adentrar en mí y con aquel instinto maternal que tanto te caracteriza, me acompañaste hasta el último suspiro de mi corazón.

Sueño


Has estado lejos y cerca, pero siempre lo has habitado. Noches como la de ayer, vuelves a personarte, de nuevo, sin permiso, princesa. Te lo has vuelto a proponer, para ti,  que nunca era demasiado tarde para ser quien quisiésemos ser. No hay límite en el tiempo, me volviste a susurrar mientras acariciabas mis grandes manos ancianas y te desvanecías, me alejaba preso de una suave brisa que me alzaba hasta difuminarte entre imborrables recuerdos vividos y el brillo de tus felinos ojos.

El despertar

Hace tiempo que intenta averiguar por que no consigue conciliar el sueño. Le extraña porque, por la actividad que hace a lo largo del día, debería caer redondo.  Antes así lo conseguía. Ya no. Y, como todo lo que le ocurre últimamente, lo analiza e intenta buscar la raíz del problema. Antes quizás no lo vería como tal, ya que no tendría responsabilidades que atender al día siguiente. Ahora le es un problema.  Pero se encuentra entre un dilema. No sabe reconocer si no duerme por que quiere alargar el día por si a la mañana  siguiente no se despierta. Siempre ha tenido miedo del futuro, pero ahora, más que nunca. Es consciente que ahora se le aproxima una decisión que cambiará el rumbo de su vida. Y ese temor a lo desconocido, le mantiene inmerso en una vitalidad que no puede controlar. Necesita pensar y vivir. El dormir quizás lo considera poco práctico y entrar en un estado de letargo es lo último que le conviene.

Por otro lado, quizás lo que le quita el sueño, no es sino evitar aquella sensación que le invade al despertarse. Es decir, quizás lo que evite no es no dormir por alargar el día, sino que lo único que quiere evitar a cualquier precio es no dormirse, por que si lo hace, está seguro que se despertará. Abrirá los ojos de golpe, con la primera luz del día o con el estridente y repetitivo sonido del despertador y entrará como cualquier ser humano,  en esos instantes cuya realidad propia aparece difusa y distorsionada. En aquellos primeros atisbos de no conciencia cuya mente anda inmersa entre la frontera entre el sueño y la realidad. En aquellos primeros instantes donde lo pasado es olvidado someramente y uno cree considerarse en situación de cambiar los aspectos menos resultones y más traumáticos de la vida propia. Ese momento será su bendición y perdición. No le compensan esos momentos dulces si luego tiene que volver a enfrentarse de nuevo a aquella verdad que tanto le hacen sufrir. Y no sólo es enfrentarse, además es una confrontación con un final anticipado y sabido; que nunca volverá a ser feliz.

Un buen desayuno



Hoy se ha levantado de buen humor. Incluso, entre su ritual de higiene y su acicalado final, ha entonado una melodía de un famoso preludio que tanto le hubo gustado en su romántica juventud. Su mujer estaba entre anonadada o abatida y contenta o seducida. Seducida por aquel regodeo que envolvía a aquel hombre, que le parecía todo un forastero. Un extraño que se hacía pasar por su mustio, aburrido y poco expresivo marido. Un embustero. Ella mientras se ceñía su batín de color azul,  le ha preguntado, aunque sabía la respuesta, qué prefería para desayunar. Él ha estado absorto besuqueando a su hija primero y luego ha musitado entre broma y broma, más de una palabra dulce muy cerca del lóbulo de la fina oreja de su mujer,  que han sido recibidas entre lagrimas, sonrisas y más caricias por parte de ella. Ha sido al algo inusual, pero además,  han estado haciendo planes para el inminente fin de semana. Algo que ella, la mujer de rubia melena y finas facciones había olvidado totalmente.

Le ha propiciado una última mirada cómplice a su mujer antes de empezar a degustar aquel apetitoso desayuno. Casi le ha faltado pasarse la lengua por los labios, liberar un ruido de aprobación y gozo de lo admirado y segregar algo se saliva. Ella no había fallado con su predicción. Él puede ser el hombre más feliz del mundo si tiene delante suyo, unos huevos con beicon, aliñado con un buen zumo natural y un café americano recién hecho. Además de llegar a adorar el gusto, la mujer sabe que lo él tiene delante no es sólo un desayuno. Ahí, su marido se encuentra delante de lo que es además su lucha diaria, que le acarrea, ella lo sabe, como cualquier batalla, grandes alegrías y decepciones. Cómo le encanta intentar averiguar que le pasa por su cabeza en aquellos momentos, mientras él deglute tan elaborado almuerzo. Ese buen desayuno le sirve como recordatorio de aquella idea que ha permanecido permanente en su cabeza, después de tantas revisiones. Tiene que saber involucrarse en todas las tareas que hace, pero no implicarse en todas ellas. En aquel momento, británicamente, sonríe de manera pícara imaginándose al triste final de un cerdo que ha tenido que morir para que él pudiese gozar de tal buen desayuno. Se vuelve a reír imaginándose a aquella persona que ni goza de tal manjar y ni valora cual ha sido el precio que se ha tenido que pagar para una ración de panceta.

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