Como buen hijo de la modernidad, no conoce el término medio. Todas sus elecciones tienen que sopesar entre las dos opciones más extremas y contrapuestas. Este modo tan particular de posicionamiento hacia el libre albedrío también queda imbricado en su visión del mundo. Cual predecesor inconsciente de la filosofía cartesiana, el dualismo vital lo ha llevado a dividir subjetivamente todo el mundo entre dos polos opuestos. Por ejemplo, una manera de quebrar en mundo en particular, en relación a las personas, es que las diferencia entre si son artistas, a las cuales aprueba y adula por una parte y los académicos por otra, las cuales por sus rigurosas reglas, esnobismo y tiznadas maneras de concebir el mundo detesta y aborrece; los primeros son los que crean, los que sueñan y buscan ser eternamente alguien, mientras que los segundos son los que estudian a los que crean, los intentan escudriñar por ser faltos de personalidad y radicalmente sujetos a la tierra. Los segundos envidian  a los artistas por su libertad en todo lo que querrían hacer, pero no pueden por que son hombres de tibia fe, somníferos moralizantes y absolutamente asentados en sus fastuosas cátedras de pesados libros e infinitas anotaciones contingentes.

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