Quedó en un incómodo silencio, y tú que eres un acérrimo defensor del ruido, lo mutilaste con un repentino cambio de directriz en la conversación. Veo que no has cambiado, sigues siendo el mismo hablador empedernido, el mismo ser silente huidizo del silencio. Tu superficial interrogatorio, vacío en contenido y predestinado a lo que  tardaste en fumarte dos cigarrillos liados con tus torpes y nerviosas manos -que me explicaban la nula ilusión que te produjo  el  reencontrarnos- se intercaló con miradas perdidas, risas  que escupían sentimientos de pena y gestos paternales y protectores, que provocaban en ti un rechazo mal disimulado al saber que personaje representas tú en tal esperpéntica escena. Lo que no sabías, carísimo amigo, es que escuché todo lo que no me contaste sobre ti; el desgraciado triunfo de la insatisfacción material en tu senil juventud; el convencimiento de ser  una ridícula caricatura -en cuanto aún se deja contemplar- de lo que podrías haber llegado a ser con ella, simplemente alguien realmente. Tu mirada esquiva y tus justificaciones gratuitas e inoportunas no hicieron más que evidenciar lo desgraciado que eres. Escuché como un experto en jazz mientras valora una obra, las notas que no tocaste, de tu inútil circunloquio inacabado saqué la fácil conclusión que eres un infeliz que lo tiene todo pero no tiene lo único por lo que merece la pena vivir y puede dar sentido a una vida; la dignidad espiritual  por la cual hemos sido creados y la certeza de saberse haciendo lo que y con quien realmente su corazón anhela. Tu bien sabes –como me explicaste en la última de tus trabajadas cartas- que sólo con ella llegaste a sentir tal cosa, pero libremente y de una vil y acobardada manera, has preferido convertirte en un personaje forzado, fingiendo ser lo que tanto enviabas de adolescente –por tu sobrevalorada visión de la riqueza y de los ricos-, en un fantoche de buen gusto y revestido de ciertos modales de caballero con los que engalanas a tu mujer con diversiones y bailes para no pararte a pensar y recordar que sólo estuviste “casado” los escasos quince días con los que compartiste con tu amada y preciosa, inteligente y despampanante, alegre e irónica, interesante e ingeniosa pero pobre  Almudena.

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