Cuando estaba sólo…

¡Estaba tan lejos como cuando estaba con ella!

Cuando se encontraba a su lado, le aparecían los pensamientos que hubo tenido solo, como pensamientos extraños y totalmente ajenos a él. Junto a ella, el único anhelo que anidaba -como una fuerza irreconocible en su corazón- era el prolongar cuanto más tiempo aquel instante. En sus brazos, aquella inquietud que, en solitario, empañaba su alegría y teñía su ser de monstruosas cavilaciones, palidecía de golpe, sin dejar, aún proponiéndoselo, cualquier rastro, como aquel paisaje que mientras uno camina va arrojando atrás y que nadie quiere; la seguridad etérea que todo el amor que le profesaba, era  provocado por un impulso de ternura incontrolable, un sentimiento de ser querido por alguien,  una forma de devolución -por el incondicional cariño y el amor que tanto hubo recibido de ella- y como un atrevimiento irreflexivo de concederle todo su ser, gratuitamente y total, para no reservarse nada para él.

Apenas se tenía que esforzar para aferrarse a aquellas lúcidas instantáneas que le hubiesen sido otorgadas desde que la conociese profundamente, y que no eran sino signos objetivos y evidentes -como pequeñas luces parpadeantes en una noche cerrada de invierno que van marcando un destino- de que ella era la única criatura a la que amaba desde siempre, y más la amaría desde que la conociese.

Cuando estaba con ella….

¡Hacerla inmortal quería!

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