Se había convertido casi en un ritual, en una experiencia religiosa, lo de fumarnos a escondidas, un cigarrillo en la cocina. El humo que desprendían envolvía todo el ambiente y creaba un clima casi místico, como varillas de incienso que emanan  perennemente  bocanadas humosas que se consumen en silencio entre plegarias y peticiones en un santuario rocambolesco y poco concurrido, de feligreses taciturnos que invocan a espíritus y dioses recreados, implorando su presencia, siendo esa misma atmosfera la que sugiere la presencia de algo divino. A nosotros  nos hechizaba, nos trasladaba a  un estado de apertura y confianza mutua que sólo en esos momentos conseguíamos. Habíamos logrado, con tal sagrado ardid, que nuestras almas poco terrenales, errabundas, asentadas permanentemente en lo alto de las cimas divisando sarcásticamente lo humano como una escarpada y dolorosa estantigua del sinsentido de nuestra existencia, las ligásemos a la tierra. Anudadas a nuestro yo, dejábamos de ser todas las cosas, la única potencia de una, era la comprensión de la tortura y de  la magnanimidad de la otra. La sentíamos pegada a nuestro hastío cuerpo.

 

Cada calada era como si acallásemos nuestra aflicción durante unos segundos, la saboreásemos por última vez y al balbucearla, nos descargásemos de un pesado yugo, y libres, sin quererlo, ese dolor pasase a formar parte en nuestra memoria como un vago e ininteligible recuerdo. De profundo sentimiento a liviana reminiscencia. Como si una tempestad se apaciguase en una calma horizontal al deslizarse una ausencia soleada, cuya alma exultante había permanecido y que rápidamente se volatilizara purificado tal dolor. A fin de cuentas era el dolor lo que amábamos, ya que ensanchaba nuestros corazones haciendo que entrase en ellos el infinito.

 

Ninguno de los dos quería que pasase, ya que una vez  desvanecida aquella magia, una vez que aquellos incandescentes palillos dejaban de formar anillos y ridículas formas de humo, entonces, volvíamos a ser víctimas ancladas a un cuerpo abandonado.  Un cuerpo abandonado y sanado a la vez, actualizado en lo amado.  Un cuerpo que apenas reconocíamos. De nuevo, nuestra alma volvía a ser  guiada por un fuerte latido que la impulsaba -reconfortada ahora- concienzudamente hacia la  búsqueda de un anhelo de felicidad entre las felicidades y de una verdadera morada entre las moradas. Súbitamente se elevada donde ya no podíamos seguirla, siendo de alguna manera todas las cosas fuera de nuestro yo hasta que la volvíamos a encerrar y la enterrásemos –de nuevo- bajo el lecho de nuestro corazón

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