Enternecida, casi triste, elevó los ojos al cielo y quiso ver, de alguna forma u otra, entre aquellas nubes poco espesas y aburridas, alguna que le recordase y trasladase a una de esas tardes veraniegas en casa de su abuela.  Aquellas en la  casa de tonos pajizos y detalles y rebordes bermellones, que tantos buenos recuerdos le evocaban. Cuando era una colegiala de inocentes pensamientos, predisposiciones  dóciles,  y poseedora de aquel tesoro que tanto echaba de menos, aquella sensación interior que experimentaba al entender que aún estaba desarrollándose, que aún podía ser –dentro de su noble realidad- quién quisiese ser, que su alma aún dependía de providencias, resoluciones y casualidades. Que se encontraba en potencia de ser, en cierto modo todas las cosas.

Inmersa pero a la vez espectadora de sus propios pensamientos, cual arrebato inesperado, se animó, al comprobar, que aún quedaba, y quedará para siempre, un  vestigio del espíritu de aquella niña en su –porqué no(pensó)-, incompleta alma. Tan alegre cómo nunca lo había estado, recolocó su anudado foulard de lana color beige, y con un leve movimiento, envolvió una solapa encima de la otra de su recién estrenado chaleco de piel de zorro, y  cómo si  nada hubiese pasado, repuso su marcha hacía la biblioteca.

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