Es en una habitación algo oscura pero cálida. Al fondo, un gran ventanal -poco diáfano y pródigo en marcas de dedos, del que sobresalen, por los laterales, unas acogedoras hiedras que ya han mudado su pigmentación a un romántico y pasional color rojo-preside la pared principal. De él, cuelga  una persiana veneciana, algo roída y sucia, que deja ver el color albino que en su día habría orgullosamente mostrado,  y hace pasar  unos rayos de sol tan espesos, que uno los podría masticar y degustar. Saben a brillos de invierno prematuro y desprenden un aroma a hierba fresca y a hojas satinadas de color tabaco.  En su conjunto y con sus altas y majestuosas paredes ocrosas y desnudas le proporcionan al avispado visitante un cierto placer hogareño. Los muebles, como aquellas ideas que habitan en uno después de tantas revisiones y adiciones; de épocas distintas, una mezcolanza de  estilos y tantos colores como los que moran en la paleta de un pintor impresionista; una cajonera  de madera de castaño blanco roto, una estantería metalizada atestada de muñecos y libros, un sillón mal conservado y algo carcomido, un cubo de cartón naranja hasta los bordes de lapiceros y rotuladores, y un escritorio de plástico pintado con un acrílico imitando al nogal donde reposan multitud de papeles pintados, una pelota de tenis, dos caramelos y una lámpara roja. Los mismos espesos rayos perpendiculares que lustran el mimado suelo, son portadores de un bullicio lejano de gritos pueriles. Son de niños brutos y sucios que revolotean, más que corren, detrás de un balón de cuero medio hinchado. Entre el tenue alboroto destacan palabras mal sonantes, gritos de guerra y gemidos y risas teatrales.

Es la habitación de un niño poco corriente.  De un reflexivo, hipersensible y algo absorto rapazuelo que observa de manera extraña, desde la profundidad de su propio mundo, la realidad que le rodea. Él, más que  ningún otro chico del acomodado barrio, de manera natural, sabia e irreflexiva, se arrima a sus problemas al contrario cómo lo hacen sus padres; con arrogancia, indiferencia y resistencia. Se encuentra debajo de su cama. Adueñado de una antigua linterna de su padre que libera una luz asimétrica y amarillenta. Recogido en un clima de fantasía y esperanza, una atmósfera de magia se apodera de aquel escondrijo de límites tejidos.  Una vez más, su imaginación e ilusiones sincrónicamente se volatilizan hasta alcanzar, en algún momento, de aquel cotidiano rito, la esencia misma de la belleza; el suave reflejo del bien; el designio y vocación por lo que él había estado creado se materializan como un mandato, que días como este, va renovando y que poco a poco, sin saberlo, va cogiendo forma,  a través de la vida misma.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: