De cristal


Ese jueves  iba a ser diferente a los vividos durante los últimos dos meses estivales. Era un ritual tácito lo de encontrarnos para almorzar en aquel parque del centro de la ciudad. Me la encontré, de espaldas, con la vista en dirección a la entrada del pequeño recinto por donde normalmente yo, accedía. A lo lejos, la reconocí por aquella misteriosa melena rubia, de múltiples monocromáticos dorados, que adoptaban diferentes tonalidades según la inferencia de los bruñidos de los centelleantes rayos de aquel sol de verano tardío. Como de costumbre, hiciese o no sol, escondía sus grandes y resultones ojos de color avellana tostada, tras unas amplias gafas de cristales oscuros, que rápidamente quitaba una vez me veía, deslizando, de manera poco espontánea y estudiada, una de las patillas color concha por sus sonrojadas y finas facciones, dejándola en buen recaudo entre su fino labio superior y su prominente y sensual homónimo inferior.  A medida que me acercaba y aunque estaba a unos cuantos metros, me sobrecogí, como hiciera la primera vez, al ver aquellas  alargadas y desnudas piernas, tan diligentemente bien bronceadas y cuidadas. Pero me sobrecogió  más aun  al comprobar cómo, en que postura y actitud descansaba toda su estilizada figura en sus quilométricas piernas. Tenía sus extremidades entrecruzadas una delante de la otra como lo hacían también, sus delgados y marmóreos brazos. Estaba desprovista de cualquier distracción, a excepción de un portafolios con el que infantilmente sujetaba y jugueteaba y el revuelo de dos niños que intentaban dar presa a una infeliz y coja paloma. Me pareció que  encontraba así, en su más profunda soledad y espera. Dejándose mostrar, sin proponérselo, como realmente era. Me alegré infinitamente corroborar con su espontánea y natural pose lo que había estado intuyendo desde que la conocí; que detrás de aquellas poses superficiales y actitudes tan sospechosamente frívolas, que detrás de aquella máscara de extremadamente e inhumana seguridad y que detrás de aquél atolondramiento vital del que a veces era despojada, se escondía una mujer tan frágil como el material del que parecía estaba hecho. Una borrachera de paz y de orgullo me sobrevino al mismo tiempo, al cerciorarme de que aquella bajada de guardia por su parte, asumía que aquellos pequeños atisbos y destellos de su verdadera personalidad con los que me sentía tan enormemente atraído, no habían hecho, sino, hacerse evidentes. Aquella visión de ella como una criatura indefensa y cercana, como una niña descuidada y herida, como cualquier otra chiquilla, me hizo comprender eso, que era una joven tan humana y tan diferente a la que había divinizado en un primer momento, que no hice sino, admirarla y tratarla con más intensidad  y naturalidad como nunca me había pasado. Ese jueves no iba a ser diferente a los vividos durantes los dos últimos meses estivales.

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