Me arropaste, como a un recién nacido, y con tus finas y agradables auras me sorprendiste. Sin dejar de mecer al sol entre tus brazos, no dejaste de entonar el mejor de tu mutismo. Dejaste que el fulgor de la noche hechizará  a las chispeantes estrellas, que únicas testigos fueron de mi dulce queja altiva, por tanto dolor que soporté al hacerte presente en mí. Me desnudaste y desprovisto de mí, me azotaste, con diligentes y eficientes rayos, para apaciguar a mi febril alma mientras me torturabas con tan majestuosa creación. Escondiéndome de todo, te mostrabas y me aferraba a ti. Paciencia,  me musitaste, ante tales tribulaciones que en mis profundidades habitaban. Te ocultabas y me encomendaba a ti. Me hiciste adentrar en mí y con aquel instinto maternal que tanto te caracteriza, me acompañaste hasta el último suspiro de mi corazón.

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