De velas rojas

Después de comprimir con fuerza mis párpados, los abrí lentamente a sazón de comprobar si algo había cambiado en mí alrededor. Pasaron tres segundos, me parecieron eternos. Ojeé los rostros desencajados de aquellos seres que en aquel momento me parecieron tan monstruosos como irreconocibles. Me pareció hallarme en mi propio entierro, una estampa onírica de personajes dantescos y alargados recién llegados del de conde Orgaz. Cogí aire y antes de expulsarlo enérgicamente para apagar aquellas reutilizadas velas en forma de números, volví a cerrar los ojos, levanté algo la barbilla, agarré los brazos de la silla y deseé;

“Que lo que ya es, no me fatigue. Por un instante, imaginación descontrolada, no me engañes con lo extraño y lo nuevo.  Déjame disfrutar aunque sólo sea una vez del presente. Dame la paz y el desasosiego que tanto he anhelado, no me desveles nada de lo próximo ni me embriagues con tu seductora promesa que será lo fantaseado, más vibrante, emocionante e interesante que lo actual. Anclémonos a ver todo lo que tu creaste y sintamos hoy, que somos poetas y escribimos poemas, que somos amantes y amamos a alguien…que somos seres vivos y vivimos”.

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