Un buen desayuno



Hoy se ha levantado de buen humor. Incluso, entre su ritual de higiene y su acicalado final, ha entonado una melodía de un famoso preludio que tanto le hubo gustado en su romántica juventud. Su mujer estaba entre anonadada o abatida y contenta o seducida. Seducida por aquel regodeo que envolvía a aquel hombre, que le parecía todo un forastero. Un extraño que se hacía pasar por su mustio, aburrido y poco expresivo marido. Un embustero. Ella mientras se ceñía su batín de color azul,  le ha preguntado, aunque sabía la respuesta, qué prefería para desayunar. Él ha estado absorto besuqueando a su hija primero y luego ha musitado entre broma y broma, más de una palabra dulce muy cerca del lóbulo de la fina oreja de su mujer,  que han sido recibidas entre lagrimas, sonrisas y más caricias por parte de ella. Ha sido al algo inusual, pero además,  han estado haciendo planes para el inminente fin de semana. Algo que ella, la mujer de rubia melena y finas facciones había olvidado totalmente.

Le ha propiciado una última mirada cómplice a su mujer antes de empezar a degustar aquel apetitoso desayuno. Casi le ha faltado pasarse la lengua por los labios, liberar un ruido de aprobación y gozo de lo admirado y segregar algo se saliva. Ella no había fallado con su predicción. Él puede ser el hombre más feliz del mundo si tiene delante suyo, unos huevos con beicon, aliñado con un buen zumo natural y un café americano recién hecho. Además de llegar a adorar el gusto, la mujer sabe que lo él tiene delante no es sólo un desayuno. Ahí, su marido se encuentra delante de lo que es además su lucha diaria, que le acarrea, ella lo sabe, como cualquier batalla, grandes alegrías y decepciones. Cómo le encanta intentar averiguar que le pasa por su cabeza en aquellos momentos, mientras él deglute tan elaborado almuerzo. Ese buen desayuno le sirve como recordatorio de aquella idea que ha permanecido permanente en su cabeza, después de tantas revisiones. Tiene que saber involucrarse en todas las tareas que hace, pero no implicarse en todas ellas. En aquel momento, británicamente, sonríe de manera pícara imaginándose al triste final de un cerdo que ha tenido que morir para que él pudiese gozar de tal buen desayuno. Se vuelve a reír imaginándose a aquella persona que ni goza de tal manjar y ni valora cual ha sido el precio que se ha tenido que pagar para una ración de panceta.

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