Sentidos

Sus parpados le piden cerrarse por siempre y sus labios ya no quieren fabricar palabras. Ni palabras de esperanza ni de desaliento. Intentan convencer a su entendimiento aturdiéndolo con soporíferas y vacías excusas. Pero su razón poco tiene que hacer aquí. Nunca cogió las riendas del auriga. Lucha por eso. Cada día. No hay momento en que no recuerde el lema que leyó en el libro más leído, o por lo menos, más editado de la historia, en el diálogo entre el escéptico y el inocente, y que sabe,  lo ha de perseguir; “La verdad nos hará libres”.

La busca dormido, entusiasmado, eufórico, exhausto, contento, desanimado, en invierno y en verano, por la mañana y por la tarde, en sus entrados veinte años y en sus recién estrenados treinta, sólo y acompañado, enfermo y sano. ¿Qué pasaría si toda su verdad hubiese sido un espejismo? Comprende ahora el por qué sus ojuelos le piden cerrarse. Se sienten culpables de haber sentido una verdad. No la verdad.

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