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 La fulgurosa lluvia de pólvora y de luces alumbran nuestros rostros exultantes. Sus centelleantes brillos y juegos de colores hacen que me asome inexorablemente a mi radical inventiva y fantasía. Noto tu brazo recio que me rodea con delicadeza pero con decisión y justicia. La tibia sangre de tus lacerantes muñecas recorre mi desnudo hombro mientras un mar de lágrimas, que creía seco y jadeante, inunda mis arrugadas y seniles mejillas. Ahora son millones de galaxias, astros y asteroides. Millones de años que veo en centésimas de un tiempo que ya no existe. Tu sola voz -que ya puedo soportar- me consuela desvelándome tu gran último regalo que es mi gran único anhelo; el gozo mayor e imperecedero, el de la propia penitencia y remisión de la desdicha, es infinitamente diluido en este eternal momento.

Nosce te ipsum

 

Grito desesperadamente ofreciendo mi corazón en mis manos.

Necesita a alguien a quien amar con las mismas fuerzas con las que grito.

O debo de estar gritando en direcciones equivocadas, por que nadie acepta mi embruto regalo.

O debo de dejar de gritar, por que quizás deba tener a mi alado en mi pecho.

 

Como buen hijo de la modernidad, no conoce el término medio. Todas sus elecciones tienen que sopesar entre las dos opciones más extremas y contrapuestas. Este modo tan particular de posicionamiento hacia el libre albedrío también queda imbricado en su visión del mundo. Cual predecesor inconsciente de la filosofía cartesiana, el dualismo vital lo ha llevado a dividir subjetivamente todo el mundo entre dos polos opuestos. Por ejemplo, una manera de quebrar en mundo en particular, en relación a las personas, es que las diferencia entre si son artistas, a las cuales aprueba y adula por una parte y los académicos por otra, las cuales por sus rigurosas reglas, esnobismo y tiznadas maneras de concebir el mundo detesta y aborrece; los primeros son los que crean, los que sueñan y buscan ser eternamente alguien, mientras que los segundos son los que estudian a los que crean, los intentan escudriñar por ser faltos de personalidad y radicalmente sujetos a la tierra. Los segundos envidian  a los artistas por su libertad en todo lo que querrían hacer, pero no pueden por que son hombres de tibia fe, somníferos moralizantes y absolutamente asentados en sus fastuosas cátedras de pesados libros e infinitas anotaciones contingentes.

 

 

Quedó en un incómodo silencio, y tú que eres un acérrimo defensor del ruido, lo mutilaste con un repentino cambio de directriz en la conversación. Veo que no has cambiado, sigues siendo el mismo hablador empedernido, el mismo ser silente huidizo del silencio. Tu superficial interrogatorio, vacío en contenido y predestinado a lo que  tardaste en fumarte dos cigarrillos liados con tus torpes y nerviosas manos -que me explicaban la nula ilusión que te produjo  el  reencontrarnos- se intercaló con miradas perdidas, risas  que escupían sentimientos de pena y gestos paternales y protectores, que provocaban en ti un rechazo mal disimulado al saber que personaje representas tú en tal esperpéntica escena. Lo que no sabías, carísimo amigo, es que escuché todo lo que no me contaste sobre ti; el desgraciado triunfo de la insatisfacción material en tu senil juventud; el convencimiento de ser  una ridícula caricatura -en cuanto aún se deja contemplar- de lo que podrías haber llegado a ser con ella, simplemente alguien realmente. Tu mirada esquiva y tus justificaciones gratuitas e inoportunas no hicieron más que evidenciar lo desgraciado que eres. Escuché como un experto en jazz mientras valora una obra, las notas que no tocaste, de tu inútil circunloquio inacabado saqué la fácil conclusión que eres un infeliz que lo tiene todo pero no tiene lo único por lo que merece la pena vivir y puede dar sentido a una vida; la dignidad espiritual  por la cual hemos sido creados y la certeza de saberse haciendo lo que y con quien realmente su corazón anhela. Tu bien sabes –como me explicaste en la última de tus trabajadas cartas- que sólo con ella llegaste a sentir tal cosa, pero libremente y de una vil y acobardada manera, has preferido convertirte en un personaje forzado, fingiendo ser lo que tanto enviabas de adolescente –por tu sobrevalorada visión de la riqueza y de los ricos-, en un fantoche de buen gusto y revestido de ciertos modales de caballero con los que engalanas a tu mujer con diversiones y bailes para no pararte a pensar y recordar que sólo estuviste “casado” los escasos quince días con los que compartiste con tu amada y preciosa, inteligente y despampanante, alegre e irónica, interesante e ingeniosa pero pobre  Almudena.

La biblioteca

 

 

 

Tardes entre libros,

que se mezclan entre la verdad

y las horas de tu presencia en mi pensamiento.

 

Tardes entre libros,

que se oponen a la verdad,

por las horas de tu ausencia en mi entendimiento.

 La poesía -c…

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La poesía -como cualquier acto totalmente subversivo- prescinde de todo aquello que no tenga que ver con la verdad y con la belleza, es decir con el ser. No nos habla sobre algo, en cierto modo, participa del ser de lo que nos quiere transmitir y  por tanto es. Es un reflejo -siguiendo la cadena de la causalidad- de su Esencia. Así la poesía no  sólo aparece en nuestras vidas, se comunica a través de las palabras para desvelarnos nuestra más excelsa esencia. La poesía, no es una simple sucesión de palabras que con una armoniosa composición, endulza nuestros apetitos.  Si los hombres estamos orientados hacia lo trascendente, y anhelamos el infinito con todas nuestras fuerzas y hacemos inmortales a los hombres, la poesía es camino que  nos obliga a refinar nuestro desnaturalizado ser, a veces violentamente, para ir adentrándonos, como en un retirar de cortezas de un –en apariencia- hercúleo árbol, al origen de donde nace esa fuente divina. Para una vez desvelada e iluminada nuestra alma, vislumbrar el valor sagrado de nuestra vida, y recolocar, como libros en su nueva estantería, nuestras distintas manifestaciones del auténtico yo. Por eso sufro tanto cada vez que me encuentro delante de un papel en blanco. ¡Qué difícil es escribir sobre lo que se nos presenta tan arcano e inefable con instrumentos tan humanos! Tengo que jugar con  palabras que están exhaustas y gastadas, cojas en significado y bizcas en armonía y crear una melodía que reivindique su verdadera vocación de esperanza.

Mi amor lo condeno a vivir una pesadilla daltónica que se compone y descompone, florece y se marchita, apoderándose y despojándose apasionadamente de apariencias el espacio sin límites en el que tú -criatura sublime- albergaste; lo sentencio a llanto estéril, cuyas amargas lágrimas esgrimen letras en el prefacio de mi recién estrenado hado; nunca saciarás tu sed de infinito con ninguna mortal. Desterrado a una continua borrachera de sinsentido, abruma y desgarra cruelmente el ocaso de mi grandeza perpetua. Consuelo los males incurables de mi alma contemplando y admirando la belleza arcana y volátil de los reflejos de la creación; ¡Nadie me  comprende tan bien cómo ella! Fiel amante, traductora de mis males y de mis impaciencias. ¡Trascendental que desprende finos aromas de tu esencia sublime…desentroniza  a la destartalada razón! ¡Gemela de la pasión…vuelca de nuevo en mi, tú osadía que tanto hube añorado! ¡Tú que me desinfectas de los sortilegios de la norma y del vergonzoso declive orquestado por la seguridad material, sujétame en la adversidad que subyace en mí y usurpa de una vez por todas esa dignidad espiritual que nos pertenece! ¡Luz caída que alumbras mi andar errante y amante de lo desconocido, sol que haces brillar mi esencia lunar, hagámos nuestro el camino!

 

Cuando estaba sólo…

¡Estaba tan lejos como cuando estaba con ella!

Cuando se encontraba a su lado, le aparecían los pensamientos que hubo tenido solo, como pensamientos extraños y totalmente ajenos a él. Junto a ella, el único anhelo que anidaba -como una fuerza irreconocible en su corazón- era el prolongar cuanto más tiempo aquel instante. En sus brazos, aquella inquietud que, en solitario, empañaba su alegría y teñía su ser de monstruosas cavilaciones, palidecía de golpe, sin dejar, aún proponiéndoselo, cualquier rastro, como aquel paisaje que mientras uno camina va arrojando atrás y que nadie quiere; la seguridad etérea que todo el amor que le profesaba, era  provocado por un impulso de ternura incontrolable, un sentimiento de ser querido por alguien,  una forma de devolución -por el incondicional cariño y el amor que tanto hubo recibido de ella- y como un atrevimiento irreflexivo de concederle todo su ser, gratuitamente y total, para no reservarse nada para él.

Apenas se tenía que esforzar para aferrarse a aquellas lúcidas instantáneas que le hubiesen sido otorgadas desde que la conociese profundamente, y que no eran sino signos objetivos y evidentes -como pequeñas luces parpadeantes en una noche cerrada de invierno que van marcando un destino- de que ella era la única criatura a la que amaba desde siempre, y más la amaría desde que la conociese.

Cuando estaba con ella….

¡Hacerla inmortal quería!

Se había convertido casi en un ritual, en una experiencia religiosa, lo de fumarnos a escondidas, un cigarrillo en la cocina. El humo que desprendían envolvía todo el ambiente y creaba un clima casi místico, como varillas de incienso que emanan  perennemente  bocanadas humosas que se consumen en silencio entre plegarias y peticiones en un santuario rocambolesco y poco concurrido, de feligreses taciturnos que invocan a espíritus y dioses recreados, implorando su presencia, siendo esa misma atmosfera la que sugiere la presencia de algo divino. A nosotros  nos hechizaba, nos trasladaba a  un estado de apertura y confianza mutua que sólo en esos momentos conseguíamos. Habíamos logrado, con tal sagrado ardid, que nuestras almas poco terrenales, errabundas, asentadas permanentemente en lo alto de las cimas divisando sarcásticamente lo humano como una escarpada y dolorosa estantigua del sinsentido de nuestra existencia, las ligásemos a la tierra. Anudadas a nuestro yo, dejábamos de ser todas las cosas, la única potencia de una, era la comprensión de la tortura y de  la magnanimidad de la otra. La sentíamos pegada a nuestro hastío cuerpo.

 

Cada calada era como si acallásemos nuestra aflicción durante unos segundos, la saboreásemos por última vez y al balbucearla, nos descargásemos de un pesado yugo, y libres, sin quererlo, ese dolor pasase a formar parte en nuestra memoria como un vago e ininteligible recuerdo. De profundo sentimiento a liviana reminiscencia. Como si una tempestad se apaciguase en una calma horizontal al deslizarse una ausencia soleada, cuya alma exultante había permanecido y que rápidamente se volatilizara purificado tal dolor. A fin de cuentas era el dolor lo que amábamos, ya que ensanchaba nuestros corazones haciendo que entrase en ellos el infinito.

 

Ninguno de los dos quería que pasase, ya que una vez  desvanecida aquella magia, una vez que aquellos incandescentes palillos dejaban de formar anillos y ridículas formas de humo, entonces, volvíamos a ser víctimas ancladas a un cuerpo abandonado.  Un cuerpo abandonado y sanado a la vez, actualizado en lo amado.  Un cuerpo que apenas reconocíamos. De nuevo, nuestra alma volvía a ser  guiada por un fuerte latido que la impulsaba -reconfortada ahora- concienzudamente hacia la  búsqueda de un anhelo de felicidad entre las felicidades y de una verdadera morada entre las moradas. Súbitamente se elevada donde ya no podíamos seguirla, siendo de alguna manera todas las cosas fuera de nuestro yo hasta que la volvíamos a encerrar y la enterrásemos –de nuevo- bajo el lecho de nuestro corazón

Enternecida, casi triste, elevó los ojos al cielo y quiso ver, de alguna forma u otra, entre aquellas nubes poco espesas y aburridas, alguna que le recordase y trasladase a una de esas tardes veraniegas en casa de su abuela.  Aquellas en la  casa de tonos pajizos y detalles y rebordes bermellones, que tantos buenos recuerdos le evocaban. Cuando era una colegiala de inocentes pensamientos, predisposiciones  dóciles,  y poseedora de aquel tesoro que tanto echaba de menos, aquella sensación interior que experimentaba al entender que aún estaba desarrollándose, que aún podía ser –dentro de su noble realidad- quién quisiese ser, que su alma aún dependía de providencias, resoluciones y casualidades. Que se encontraba en potencia de ser, en cierto modo todas las cosas.

Inmersa pero a la vez espectadora de sus propios pensamientos, cual arrebato inesperado, se animó, al comprobar, que aún quedaba, y quedará para siempre, un  vestigio del espíritu de aquella niña en su –porqué no(pensó)-, incompleta alma. Tan alegre cómo nunca lo había estado, recolocó su anudado foulard de lana color beige, y con un leve movimiento, envolvió una solapa encima de la otra de su recién estrenado chaleco de piel de zorro, y  cómo si  nada hubiese pasado, repuso su marcha hacía la biblioteca.

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